Le dije gracias

Le dije gracias, pero nunca le pedí perdón.
Porque nunca pensé que debía de justificar mis errores, aunque nunca dudé en agradecerle que me corrigiera el rumbo.
Y hoy me he vuelto a romper, me he roto como un vaso que se cae a cámara lenta. Me he hecho pedazos que no cortaban más que su mirada hiriente, y no porque atacase, sino porque reflejaba. Reflejaba la parte de mí, que no quiero. Esa parte que habita en el zulo de mi alma, pero que se arma demasiado a menudo.
He estado a punto de perderla otra vez, y siento que la he perdido, y de nada vale que llore sobre un teclado y me ahogue en mi llanto.
Pues la amo, y me rompe. No ella, sino yo.
Por pensar que podrá ser, y si no fue ya, se me acabaron las páginas para intentarlo.
Aún la quiero es cierto, aún la amo, pero ya no me basta un abrazo, ya no puedo tenerla cerca sabiendo que mis ganas no son las suyas.
Ya no puedo hacer arte, si mi mente no para de pensar en comerle la boca, en deslizarme por su piel, en sentirme, un poquito menos solo y más con ella.
Le dije gracias y todo lo que sigo sintiendo, y quedó callada. Como quien cierra un libro de lectura obligatoria sabiendo que tiene otro bajo la almohada con mejor argumento.
Y es que no se puede tocar el cielo sin sentir vértigo.
No se puede pretender que una droga te salve la vida.
Le dije gracias, y también cuanto la amaba.
Pero está harta de corregir mis palabras llenas de faltas. Y, ni somos dictado ni esta es mi dictadura.
Y, ahora, cuatro meses después del mejor día de mi vida. He de decir lo siento.
Y, posiblemente, habré de decirme mucho más; habré de cortar mi alma y construir con los pedazos un puzle que no requiera de más piezas que las mías.

Amor eterno, en proceso de transformación.