Todo empezó en mi cama

Todo empezó en mi cama.
Marte se adueñó de ella y me pidió que me tumbase a su lado. Su mano derecha descansaba en mi vientre desnudo mientras mi mirada admiraba la suya brillar de alegría.
Me preguntó: ¿Quieres hacerme el amor?
Con esa mirada capaz de sacar verdades a pestañeos
Y le respondí: Quiero un beso de película.
Ella sabía de mi inexperiencia, pero me hizo sentir en una nube.
Y allí, en la cama en la que tantas veces he imaginado aquel momento, estaba ella, tumbada a mi lado, mirándome fijamente, con esa carita tan linda, con esa sonrisa tan amplia, con esos labios a los que poco a poco me acerqué, lento, paciente, seguro, o inseguro, no sé; supongo que quería alargar el momento para disfrutarlo al máximo.
Y besé, besé sus labios tímidamente, y ella me miró como si nada, como esperando que siguiera con algo que ni sé cómo sigue. Más que guiarme, me dejó intentarlo, como si supiera que yo era capaz de hacerlo sin ayuda, sin manual de instrucciones.
Me acerqué de nuevo, esta vez rápido, y probé entonces a morder su labio inferior, a tirar de él con mis labios y disfrutar su carne. Torpe. Sin tener ni puta idea de cómo avanzar, de cómo añadir más ingredientes a esa ensalada de amor aún desaliñada.
Me acarició las mejillas atrapándolas entre sus manos y me dijo “déjate llevar, disfruta”.
Entonces cogí su cuerpo y lo coloqué sobre el mío, la tenía encima, mirándola desde abajo con su pelito cayendo sobre mi cara, con las frentes unidas, las narices unidas y un olor a regaliz viajando en la corta distancia de su boca a la mía, allá donde el oxígeno no encuentra sitio.
Acaricié su cuerpo, deslicé mis dedos entre sus costillas como si fuera a sonar un arpa. La besé, me besó, me arrebató la boca a la que no sabía dar uso, todo tan lento y hermoso, tan dulce.
Mis manos trepaban por sus escápulas, disfrutando el tacto de su piel blanca, suave, ardiendo. Y cuando ella pretendía quitarse el brallete le dije ¡para! Quiero hacerlo yo. Y entonces pude ver sus hermosos y pálidos pechos, tan perfectos, tan redondos y escuetos. Quedé paralizado un instante y, lentamente dirigí mis caricias hacía ellos, me fascinaba trazar la convergencia de los mismos. Eran dos perfectas hogazas de pan crudo esperando ser devoradas.
Miré hacia arriba, hacia su alegre rostro, y sonrió, sonrió al ver mi cara absorta ante la inmensa desorientación que sentía en aquel momento.
Besé su esternón, su precioso esternón. Mientras decidía por qué pezón empezar y qué iba a hacer con él. Uno, dos, tres, empezaba a volverse monótono y sus caricias en mi pelo me revelaban que empezaba a aburrirse de mi torpeza. Su piel me parecía ya más fría, y la tierra dejó de temblar como si aquel terremoto que empezó con aquel beso hubiese llegado a su última réplica.
Tenía que hacer algo, así que besé su pezón, no recuerdo cuál primero, pero besé ambos; y me encantó sentir aquel trozo de carne en mis labios. Los lamí, sentía la necesidad de saber, de descubrir su textura a través de mi lengua, los abracé con mis labios sin llegar a succionar mientras, con la punta de la lengua, acariciaba aquel placer indescriptible.
En aquel momento, cuando su cuello se estiraba, su boca se abría para dejar salir suspiros y gemidos, cuando sus uñas se clavaban en mi piel, mis manos se deslizaban hacía su culo y el terremoto volvía con más fuerza devastándolo todo, paré. Sí, paré, paré porque noté a sus glúteos estremecerse, a los vellos de su ombligo erizarse, y a mi patético pene doliéndose bajo el pantalón.
Así que paré, dejé de comer sus pechos y, cabizbajo, lleno de rabia, decepción y erguida impotencia, aparté su cuerpo al mismo lado del cual lo recogí. Me largué de allí antes de arrepentirme. Sin mirar su rostro, como si yo fuese una bombilla que, se acaba de fundir.
Y, así, tal como empezó, todo acabó en mi cama.



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