Berry hoy

Berry hoy pasea por las calles de un pueblo menos abandonado que su alma, con la mirada baja, la cabeza baja, la autoestima baja, y unas ganas de recomenzar como el ave fénix que nunca acudió en su ayuda.
Berry hoy se empalma de nostalgia mientras recuerda a esa persona que no sólo le desnudó el alma sino también la cordura, la calma, la paciencia, y la libertad. Y no sólo no le rellenó el vacío que sentía, sino que lo hizo aún más y más grande.
Berry hoy recuerda lo que tuvo, lo que pudo, y no fue. Y ya confunde cuál de los dos es el gilipollas.
Berry borró su número de la agenda para no sentir la tentación de volver a meter la pata donde nunca metió las ganas. Pero no sus fotos. Y se tortura mirando ese monumento griego que de griego dio poco y de ángel, mucho menos.
Berry hoy está cayendo en su vacío. En su delirio. En lo más bajo de su inmensidad.
Berry no supo jugar y, ahora, lo que iba ser su distracción, se convirtió en su asedio.
Un castigo pues, de la abolida inquisición, por sus pecados que, aunque no cometidos, mucho dan que imaginar.

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