Cinco y media

Nunca me preguntaste qué quería. Así que nunca pude decirte que te quería a ti.
Nunca te preocupaste por saber que opinaba de tus desfases y tus roces con la silla mientras me moría de celos por ser esa silla o la yema de tus dedos traviesos que juegan a ser explorador.
Pensé en correr tras de ti pero eres demasiado rápida. Esquivas todas mis flechas. Disparas con ellas cual carroñera y no dudas en desvestirte a la cámara de otro. Y después de introducirte una poesía y poner a punto todos tus descaros voy a emprender camino a tus incendios para apagártelos a lengüetazos. Voy a subir por tus piernas escalando con besos hasta que me abras la puerta de la locura. Hasta que se me ponga tan dura que pares mi corazón por falta de sangre. Voy a seguir besándote todas las partes que te hagan gemir. Voy a pararme en la cara anterior de tus muslos, en la convergencia con tu pelvis. Y voy a soplar su suelo hasta que el culo se te ponga duro. Hasta que empiecen las contracciones musculares y me digas que pare cuando mires mis ojos traviesos avistar tu ano. Y a mi lengua directa a ese nido de desechos tan mal visto a la vista de todos lo que odian un buen beso negro. Me dices que ni de coña como si doliera más que la primera vez en otros agujeros. Y yo paro. Porque te amo. Aunque me muera de ganas por adivinar si tú también tienes mariposas en el estómago por el camino largo. Sigo recorriendo todos los recovecos de tu centro de gravedad más bajo y miro desde el espejo tu puta cara de orgasmo que tanto me pone tierno. Gritas, el placer te empuja a darme la mano. Gimes. Y colocas mi palma en tu pezón izquierdo. Lames mis dedos y juegas con ellos en tu pecho mientras mi otra mano te sujeta los glúteos que en ese instante tienen la piel tan agitada que hasta corta. Y yo me excito. Voy directo a tus labios más húmedos en aquel momento. Y los beso. Tiernamente. Hasta que me chorreas la cara y me vengo con un mordisco a uno de ellos. Lo pellizco con mis labios, con fuerza, tiro de él como si pudiera despegarlo. Y habilidosamente me hago paso por el pequeño hueco de oscuridad que encuentro esperando para introducir mi lengua. Y te alteras. Te mueves como un pececillo fuera del agua buscando sobrevivir a la sequía. Coloco mis dedos sobre el pequeño caramelo que ha dejado de esconderse. Y los muevo tan rápido que me sorprendo. Mueves tus piernas como un pulpo que huye de su peor depredador. Y me atragantas con tu agua desprovista de minerales. Pero no paro. Sigo moviendo mis manos agitando tu clítoris que se inflama como un globo aerostático. Gritas ¡para! Pero suena tan callado que acelero. Introduzco mis dedos poco a poco por tu volcán en erupción mientras a ti te da algo similar a un ataque epiléptico pero con suspiros en lugar de espuma.
He llegado tan profundo que colocas tus manos en mi nuca y me secuestras entre tus muslos. Tengo a mi perilla haciéndole cosquillas a tu cráter más activo. Miro por encima de tu vientre y observo la cama toda deshecha. Las sábanas heridas por tus arañazos de placer. Y espérate que aún no hemos hecho más que calentar. Porque voy a hacerte cosas para mayores de edad que yo mismo desconozco. Pero es igual, total, que te corras cinco veces es un logro. Y no importa si la sexta con mi pene se nos queda en cinco y media.
… una pausa y repetimos. Porque de ti no me cansaría nunca, cariño.

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