Viaje

No sabría explicarlo, es un estado entre nervioso y calmado, pero anormal. Mi estómago duda entre el hambre y el desecho. Mi vello se pone en pie. Mi pecho parece hueco, no noto ni a mi sangre. Tengo frío. Apenas noto las piernas. Y casi ni las manos. Mantengo a mi cerebro entretenido. Los muelles del bus me hacen temblar. Se disimula mi miedo. Se altera mi tranquilidad. El túnel. Todo oscuridad. Luces naranjas. Salidas de emergencia. Mala señal. Mis glúteos se acercan entre si. Cosquillas. Toca andar.  A ver si es posible. Buff. Que culito. Maldito el bolso que me lo tapa. Lo sigo. Agg. Va para Argüelles. Muchas miradas, mucho estrés. Todo tan rápido. Toca esperar. ¡Música ayúdame!. Uf que delgada esa mujer. Mientras, un hombre se gira y la escanea. Me da risa. Desaparecen. A no. Cambió de lado. Piel blanca. Plana. Pelo claro. Sonríe y la felicidad esconde cualquier defecto. Por fin. El tren que me da miedo. A estas horas.  Lleno. Veo dos huecos. Sabéis que. Ella a mi lado. Ambos escribiendo. Maldita sociedad esclavizada. Menudo movimiento de dedos. Imaginación traviesa. Paro. Joder. No ocupa nada.  Todo hueso.  Me encanta. Tengo hambre. Quedan paradas. Falta valor. Tendrá apenas treinta. No hay diferencia. Ella descansa. Yo miro. Y… nada.  Joder. Si vierais sus rodillas. Sus piernas. Sus caderas. Su pecho. Su cara. Su boca. El estampado de la ropa que la arrancaba. Ahora entiendo el color de la línea. Morado me estoy poniendo sólo al mirarla. Saca un libro. Encima culta. Que más falta. Saludar tal vez. Que putada. Me estoy delatando. Muchas miradas. Pero… el pollo canta. Ya queda menos. Vanesa en los cascos. No sentimos nada. Escribe de nuevo. Yo tengo frío. Y ni el duque ni ella hacen de manta. Vaya historia. Improvisada. Como la vida fuera de casa. El tren se para. Taquicardia. Lo sabía. Plaza Castilla, y la chica, se baja. Hasta aquí la alegría que ya me falta. Vuelven los nervios. Se contraen las nalgas. Subo la música. Para nada. Cuanto falta joder. Opañel, Oporto, Carpetana. Parada Ventanilla, como me gusta llamarla. Eran dos las que quedaban. Ni puta idea. Las piernas entumecidas.
Por fin. Subo las escaleras. Me paro tras el torno. Grabo para YouTube. Sigo. Grabandome. Llego al instituto. Soy cauto. Esquivo el infarto mirando primero la lista de espera. No me hallo. Bien. Voy a las buenas. Empiezo por abajo. Y allí estoy. El primero. Cuento las mozas. Unas tantas. No demasiadas. Buen reparto. Salgo. Grabo. Me pierdo en la vaguada. Cálculo mis cuartos. Justo. Para un refresco y tres montados. Cuento cinco veces. Por si acaso. Pago. Chica joven de mirada intensa. Dice que falta. Veinte céntimos la muy cateta. Me reafirmo. Acepta. Me mira raro. Pero no mal. Raro. Como el diablo perdonavidas en que después parece haberse convertido. Como jodido, me siento mal por su torpeza. Se pasea por las mesas. Ni me mira la muy…  saco un papel,  escribo. Me declaro. Me reafirmo. La pico. A ver si rasca. Y una vez escrita la carta tanto de amor como amenaza la abandono en el mostrador sin esperar su feedback. Gracias. Gran día. Intenso. Matador. Alentador. Diferente. Entretenido. Inspirador. Un día atroz donde atrocidad es semejante a la felicidad distante en mi rutina.
Y sigue. El camino de vuelta. Sin revueltas. Ni barajas. Sin cartas de amor a primera estafa. No queda nada. Salvo lo mejor. Volver mañana.
Con mi Twitter, mi seguidora, y mi persecutoria manía de hacer pública hasta el alma. Para que la disfruten tantos como la joden.

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