Perdí

Perdí aquel tren
que me llevaba a esos
momentos de lucidez
donde nada era imposible.
Perdí la llave de la puerta
que aun cerrada
era la clave
para ser visible.
Perdí la oportunidad
de convencer a mis demonios
que invertir en mi
no era tan descabellado.
Y ahora aquí,
descabezado,
calvo y desdentado
con la sonrisa pequeña
y los miedos atrincherados
escribo al mayor accionista
de mis pecados
para que venda
antes de hacer quebrar
mi cabeza una vez más.
Perdí aquel avión
con destino razón,
y escala en ilusión
que sobrevolaba
tu cuerpo despampanante
y ofrecía unas vistas impagables
de tus desmedidas piernas.
Perdí el billete de primera clase
y ahora vivo al margen
en este asiento de turista
con tres mil trasbordos
y sin dirección.
Perdí aquel disco de platino
que ofrecía aquel destino incierto
y rechacé el concierto
del rock and roll
por tener el corazón en jazz
y no disparar al tuyo
ni un sólo acorde.
Y ahora soy el borde
descompasado
que mira a la luna
aullando cual ratón
pensando si volverá aquel gato
del que escapó con sudor
y con el rabo arañado.
Por perder aquel autobús
en la estación del corazón parado
donde dejaste tus maletas
olvidadas sin facturar.
Y ahora soy yo el que debe olvidar
tus pasaportes no renovados
y tus medias lunas a punto de caducar.
Por olvidar pagar las facturas del gas
con el que intenté suicidar
tus bragas nunca vistas,
tu sujetador sin desabrochar,
y tus orgasmos sin contemplar.
Perdí la apuesta, y la bala
de aquel revolver
sin devolver
con el que jugaba
a dispararme
de vez en cuando.
Cuando algo
salia mal y no quedaba
más que la suerte
del percutor y la pólvora.
Perdí la esperanza
mirándome al espejo,
sintiéndome tan viejo
que ya no quedaba pelo
del que tirar y,
en estos momentos
quiero ser ciego,
para no ver como te echo,
ni de menos ni de más
si no de mi vida,
calva, casta y mal gastada
que tanto me cuesta vender.
Perdí las ganas de vivir
y ahora busco salir
de esta agonía que es el día
que me agota
que es la noche
que me derrota
que este viento
que es el lamento ingenuo
de aquel que muere
sin haber vivido.

Perdí la carta de despido
así que esta es la señal
que no hace ruido
pues ya lo harán
las sirenas de emergencia
del mar de asfalto
cuando vengan
a recoger mis rastros
de estupidez.

Maldito espejo.

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