¿Tanto?

¡¿Tanto cuesta, en serio, tanto?!
Hacen falta tantos impactos
contra un corazón que sólo busca abrigo.
Qué he de hacer para tener
a una mujer que me espere
con la sonrisa cargada
y el alma desarmada.
Que me bese la cara, la frente, la boca,
que se vuelva loca en mi cuello,
me acaricie el pecho
y secuestre mis palabras
con la mirada.
Que me muerda los labios,
y me borre los miedos,
que me desabroche la camisa
mientras seduzco sus tímpanos,
mientras se nubla la ducha
y dejamos un recorrido de ropa por el pasillo.
Decidme, ¿tanta es la espera?
No hay mujer que me quiera,
que me aprecie un poquito,
no queda en toda la Tierra
un trocito de alma sincera
que desee a un herido de guerra,
retirado, quemado, y perdido.
¡¿Tan difícil es tener de inquilino
a un niño, oculto de su madurez,
que por quererte sueña,
y de soñar no vive a penas?!
Si sólo soy culpable de pedir unos abrazos,
un par de picos, caricias en tu ombligo,
y…  miradas al descuido.

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