El joven Terry

Al joven Terry le picaba la curiosidad, pasaba demasiado tiempo a solas, distrayéndose con juegos antiguos y noticias frescas, sin ningunos brazos calientes que lo arroparan. Esa noche decidió salir a buscarte, huir de esa cárcel de paredes grises y barrotes en las ventanas, pedirte ayuda, rogarte una vez más que le mostraras los secretos del mundo, que lo instruyeras en aquel arte que cada día lo atemorizaba más y más hasta no saber diferenciar entre sentir amor o querer hacerlo.
Pero no estabas, no contestabas sus llamadas ni sus mensajes, tanto tiempo llamándote a gritos y no escuchabas más allá de tus gemidos, pasabas tanto tiempo disfrutando de tu vida, explotando cada pedazo de alegría contenida en semejantes dotes que no reparabas en llantos ajenos.
Entonces el pequeño Terry, abandonado y sin ningún apoyo al que aferrarse fue a buscar clases de vida entre esas calles que a deshoras tiene los negocios cerrados, menos uno.
Y allá fue, con su lujoso coche híbrido, con el miedo anclado en sus manos, lleno de tristeza y con la boca repleta de su sangre de tanto morderse la lengua que sin hablar ruso ni saber moverla de poco le iba a servir. Él sólo quería hacer desaparecer sus pesadillas, borrar ese sabor ácido de su boca, apartarse la vagina de la cara y poder cerrar los ojos sin que aparezcan nubes de incertidumbre. Sólo quería saber qué era aquello de lo que todo el mundo habla, venera, pero nadie explica.
Y al final todo resulta una jodida metáfora, como en toda enseñanza, recurrir a la de pago siempre es mejor que esperar mientras otros se llevan la plaza que tanto deseaste; y que por una o por otras, nunca te dieron.

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