Detonante y explosivo

El blanco de este folio me esta quemando la retina, la música de fondo me inspira, y la tecla del enter se ha debido estropear con la última lágrima que dejé resbalar por mis mejillas y caer en aquello que siempre esta cuando lo necesito. 

Esta, esto y aquello que vendrá y estuvo no es más que el primer pañuelo de papel con el que me limpié la cara, socorrí mi alma y fabriqué la lápida de mis mejores muertos. 


Hoy me han preguntado ¿Por qué llevo diez años en el mundo de los versos? Y me ha parecido buen momento y forma para esculpirlo, escupirlo y recordarlo. 


Hacía frío, o eso creo, es confuso, quizás nuestras almas estuvieran ardiendo aquel día, cuando sentados en aquella mesa con vistas, a los muros de la casa mía, sonó aquel ruido estridente clavándoseme en el pecho, y haciendo de nuestros corazones un explosivo plástico.
Ring Ring y mi padre se levantó a toda prisa tras recibir aquellas punzantes palabras.
Anonadado yo, colmé a mis nueve años de incertidumbre, de... confusión, de esa sensación para la que entonces no tenía palabras con que describirla.

Estaba oscuro, triste, lleno de miedo, tal vez no fuera una pesadilla eso de ver a la muerte aparecer tras la puerta del armario de la habitación de mi hermana, ese pequeño cubículo de cuatro por tres donde entre sollozos y (des)esperanza nos atrincheramos de las malas noticias.
Sin éxito.
La pequeña mujer que me acompañaba descolgó su teléfono, yo la miré intentando cambiar el destino, pero ella soltó aquel artefacto, que debió ser el detonador de esto que soy, y no fui, pues estaba en su testamento que lo fuera. Me abrazó, sus lágrimas encharcaban mis cabellos y mis lloros invadían toda la cama, y la parca estaría tras ese armario observando como Caronte se llevaba a mi abuela por las sendas del paraíso, ya que no imagino otro rincón mejor para la mujer que con su vida, con su último suspiro, me puso el futuro ante los ojos aquella póstuma mañana.

No sé como llegó a estar encendida aquella computadora, pero allí estaba, con el folio en blanco, como esperando a que lo llenara con los derruidos versos que formaron el primer poema que lloré, y descansó único entre esos brazos sin vida estos últimos años, y luego, en cenizas.

Así soy pues, por aquesto escribo, para que mis llantos no se pierdan, para que los sentimientos queden impregnados y resbalados en el papel en lugar de mis mejillas. Para honrar su memoria y recordar aquellos domingos que me brindaba con un vaso de trinaranja y un cuenco de frutos secos. Porque tú, abuela, siempre has sido el gatillo de este arma que se dispara a todas horas en mi interior, irrefrenablemente, y muchas veces sin puntería.
Puede que no exista ese más allá donde habitan las almas que no tienen cuerpo, puede no haberlo, pero como dijo aquel poeta, maestro y mentor, siempre habrá poesía, y por lo tanto, siempre estarás viva.
Y siempre te querré. 
Abuela mía.

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