La Playa de Madrid

Ella despertó, después de una noche de juerga, con muchas copas, mucha droga, y mucho sudor sobre la cama.
Se asomó al balcón de ese edificio de la capital al que todos acuden para ver el skyline, y no vio coches, no vio taxis, pues no había, no se oían los pitidos ni el atasco, ni esa dichosa motocicleta a la que en más de una mañana de resaca habría querido silenciar con una maceta.
Sólo silencio, paz, tranquilidad, armonía...

Entonces ella escuchó el ritmo de las olas, ¿Qué pasó anoche? Se preguntó; y confusa, o tal vez arrepentida, por las drogas, la ausencia de preservativos en la habitación o cualquier otra razón que este autor desconoce, observó que un hombre se acercaba a la terraza, con un café starbucks, la barba más larga que el cuello, el pelo despreocupado, y algo idiota, ausente, como si acabase de tener el mejor orgasmo de su vida, ella se acercó cual gata perturbada, lo acarició suavemente, jugó con él, y lo dejó caer.

Más tarde, cuando la policía lo declaró suicidio, la protagonista de esta historia descubrió que aquel desconocido estaba enamorado de ella, y además, al verla en ese estado descocado, la subió a la habitación, en brazos, por las escaleras, la echó a dormir tal cual, sin desvestirla ni invadir su piel, y se quedó en el sillón a velarla como si de un ser inmortal se tratase. Al amanecer bajó a comprar ese café que él tanto detestaba pero que sabía que a ella le encantaba, lo subió y se quedó a observar el amanecer en la terraza, quedó absorto, ¿Qué hace aquí la playa? Se preguntó en silencio. Y en ese instante en el que quedó fuera de sí, ella se hizo con él.

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