IX (Metáforas)

Nos versamos y supe desde el primer beso que esto iba a acabar mal.
Intuí que tu buscabas un orgasmo y yo una almohada que abrazar en las noches más frías.
Induje el pecado a tus labios y queme tu garganta, introduje mi filosofía a tus dudas y provoqué aun más si se podía, la explosión de tus agobios.
Ese ¡Ya no puedo más!
Esa prisa eterna de buscarme bajo la piel lo que me provoca tanto miedo. Tanto odio.
Aquel ¡para para! tan mío contra ese ¡Estoy caliente! tan tuyo.
Ambos un arrebato impropio de nuestros sentidos.

Bajamos la tensión, pero tu seguías queriéndome bajar la erección.
Subía el calor y tu no dejabas de aferrarte a mi pecho.
Tendíamos la ropa y tu estabas pensando en quemarla para que no me quedase más opción que pasearme desnudo y ponértelo fácil cada mañana.
Me encanta verte pasear en pelotas , y perderme la vista en debajo de en tu vientre.
Y me encanta porque es un límite del que me temo sobrepasar, y no sobrevivir a tus caderas.

Escuchamos el aire, la brisa, y tu prisa nos tiene achuchados en el sofá, y tus manos ya me están buscando y yo sigo sin encontrarme el momento, paro, no vayamos a perder la fianza por empapar el lugar, no vaya a tener que pagar por detenerte, cuando con tenerte, rehén, ya me parece caro.



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