I (Metáforas)

Hoy no vengo a hacer poesía. He dejado el amor junto con mi belleza, exacto, en el olvido.
Estoy para contar la sensación que te deja los estómagos desdoblados, los pelos en pie, y el corazón parado.
Tengo todas las noches para contarlo, buscar las palabras con que relatar una realidad invisible, imperceptible para quienes rendís de un sueño profundo.

Y blasfemo, soy dios!
Y vosotros mis jodidos súbditos, pues sois tan superficiales, vivís tanto en tensión, que con una caricia mía os convierto en un charco de desechos fecales. Porque decís de mierda pero en vuestras vidas faltan espejos, o es que vuestra conciencia es tan oscura que ni la luz se atreve a acercarse.
Tenéis el culo por delante de vuestra nariz, os lo laméis tanto que cuando os follo aprovecháis para lamerme el escroto. Y me gusta.
Habláis de sexo, fardáis, y os reís de mi, que me he gozado a muchas más sin gastar en condones.
Que no necesito fumar para hacer tiempo, ni beber para espantar mis nervios.
Mi droga es el rechazo, vosotros mis narcos, los que me pasáis gratis. Los que pasáis de mi.
Mi mono es el miedo, y mi sobredosis tu mirada. Y la mía, a tu culo, y a todos los surcos de tu sonrisa.
Te esnifo, me meto un tiro, luego recargo el arma con tu lluvia. Y vivo, de esta sequia.
Me empiezan tus ojos, y juego a esquivar tu cabello, tu caballo, juego con mi nariz, con tu nariz, doy un bocado a tu barbilla y me susurran tus labios, y secuestras a una lengua sin rescate. Y tu pecho sin escote, ¿Qué hacemos? Me indicas dos coordenadas desordenadas. Y acabo por perderme, camino de tu ombligo, insertando mi lengua en tu cicatriz universal.
Y te subes, de tono, de gemido, de jadeo, tú, que clavas tus manos en mi nuca y mi boca en tus descaros, y tus uñas en mi espalda cuando juego a descubrirte los oasis de este tu desierto.
Te abro, o me abres, las puertas al paraíso de tus contracciones.
Entro sin llamar al timbre, sin que nada vibre, dejo pasar uno tras otro, mis dedos, a una fiesta profunda con un anfitrión cada lamido más hinchado. Y gritas, tus muslos han impedido toda mi acústica, encerrándome en una entrepierna que acaba finalmente, por ahogarme.



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