Décimas de segundo.

Se alzó una mañana con ganas de vivir, él apartó las sabanas y dialogó unos segundos con ambas sus cabezas. Algo que apenas le rozaba el ombligo estaba más vivo que su propio respirar.
Se levantó y se vistió rápido para evitar tentaciones que lo harían pecar bajo el sudor de un tiempo escaso.
Lavó sus faces, apartó las legañas de sus ojos y peinó sus despistados cabellos, sometió a sus dientes a una batalla con el cepillo, con menos cerdas que en las calles y el mismo sabor a fresa.

Recogió su chaqueta, la de siempre, con el cariño cual mecería las cinturas de todas aquellas damas que dejo perderse entre versos. Recoge también su abono transporte y se olvida la cartera, porque está demasiado ocupado pensando quien le gustaría ser que se olvida de que ya tiene una identidad. Vacía.

Pasea, bajo aquel amanecer tan frio como sus huesos, tan rojo como sus ojos, tan presente y tan distante como su primera vez, e igual de tarde. Se introduce sus auriculares en los oídos, a veces por introducir algo, y siempre consigo mismo. Suena la misma música que acabó por consumirlo la noche anterior tan solo seis horas antes. Pasea y pasea, buscándose, dejándose atropellar por cualquier vagina de esas que siempre cumplen las normas y nunca ceden el paso. Con sus putas señales de stop, sus badenes, sus reservados, nunca para minusválidos como él, pero siempre para cualquiera que tenga lo suficiente para abrirse paso.

Descansa en aquel tren, mientras sueña, mientras piensa, en tirarse a la vía o a la de enfrente, en llegar al final o quedarse en su sitio, y nunca hay suficientes estaciones para vivir de una mirada si a quien mira lo abandona en la próxima estación.

Y mientras camina en busca de la luz, la superficie, mientras piensa lo que perdió, el otro lado de su cerebro piensa en lo que dejará perder. Y que escusa se impondrá esta vez.
Oye el metal de las mecánicas rozarse, cómo son frotados sus tobillos por los accesorios de una escalera muy mal acompañada, siente el calor y el frío que expulsa el aire condicionado y se pierde en el movimiento lento y pobre de las manos de un artista que lucha con su instrumento, mientras cuenta las monedas que guarda entre sus zapatos.

Y se convence, se evita, y con ello el miedo, con la cuenta de las veces que esas manos se movieron, por la victoria, por la conquista de unos francos más sinceros que quien se desprendió de ellos.
Paso a paso, entre la lluvia o entre el sol, bajo el frío o sobre el fuego, creando un momento que nunca llegó. Soñando la vida perdida más adelante. Escribiendo palabras que no se oirán.Te Quieros”que no dirá.

Se acercan las vidas, y su corazón parpadea, tan lento tan rápido, tan quieto. Cada paso vibra y en su cuerpo una nueva gravedad, y una mirada, su mirada, que cae al suelo para mirar el ansiado cuerpo que se ha perdido. Sin descubrir lo que se esconde bajo esos pantalones rojos, sin disfrutar lo que intentó desnudar con la mirada, sin saborear aquello que se oculta entre los pliegues de una entrepierna deshabitada.
Y preso por la vergüenza estática del silencio sigue recto sin intentar mirar sus glúteos.
Horas preparando una tregua que fracasa,..
...cuando ella le hipnotiza en décimas de segundo.

Y anda tan jodido sin estarlo (prostituta naufraga de sus lagrimas) que recuerda aquella vez que le se perdieron los ojos en el pecho de la misma joven, aquel pecho tan plano, tan idílico, tan sugerente como dos limones en una cesta de sandias. Aquella tez tan pálida e impoluta en la que no se perderá por estar tan colgado como los auriculares azules con los que esa belleza se protege de escuchar sus nulas declaraciones de amor. Y sus castas promesas contradictorias. 



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