Miedo.

Aquello que te apodera, aquello que te ata al asiento de enfrente, aquello que puede más que tus ganas de robarla la boca.
Y aquello por lo que solo escribe una mirada.
Tan dulce, solo mirarla alimenta este corazón deshidratado.
Y te preguntas, estúpido de ti, porque la vas a dejar ir.
Por no acercarte, por no parar la música para escuchar la melodía que salga de su garganta.
Es esto, todo aquello, irrefutable temor a descarrilar.
Catástrofe, basura, con síndrome de Diogenes.
Nunca sabrás lo que pudo haber sido, has perdido en el solo hecho de no hacer nada.
Y escriben las lágrimas secas de un alma derretida.
Siente el consuelo de no tocar mas hondo que en que estas ahogado.
Siente el tacto del aire, e imagina su piel, inventa un cuento, pues las historias se viven.
Mírala cuanto quieras, comparte el brillo de sus ojos y disimula cuando te mira.
Te importa, y lo sabes. Y la vas a perder, cobarde, infame, estático... 
Aun le quedan paradas a este tren.

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