UnaMañanaSombría


Una mañana sombría.

Abrió los ojos sin saber exactamente que iba a encontrar, cuando en aquel entonces un haz de luz ilumino su tez pálida, era el sol reclamando la atención que él con tanto tiento merecía.
Al levantar contempló una y mil veces aquella cárcel de paredes saladas, esas converse en el suelo esperando para la marcha, la ropa sobre la esquina de la cama , siendo los barrotes de la ventana lo más significativo de todo.
La paz que se respira lo convence para ponerse en pie, se mira al espejo el cual le muestra la imagen de un desconocido.
Sus cabellos negros, sus ojos heridos estallan en sus propias cuencas, sus labios rotos tan secos como el yeso, cuando aun esta pastoso, y aquel cuerpo de simio, ancho y desproporcionado lo arrastra a la salida.

En las calles las lágrimas de una madre atentan contra la mayor de las injusticias, los torpes pasos de aquella joven invidente delatan un esfuerzo a una recompensa tardía.
Y los pájaros vuelan de los balcones sin saber aterrizar, dejando cadáveres no sólo en el asfalto. Otros prefieren una muerte dulce y lenta, consumirse y que la madera del suelo absorba lo que fueron, dejando vacía su alma y las penitencias a otros.

Y siguió caminando, acumulando sobre la suela de sus zapatos las lágrimas, llantos y gritos que fueron callando a su espalda.
El noticiario indica que son más las muertes, que los cuarteles vacíos y ocupados se incendian, y un par de políticos huyen de la orca acusados de creer en la magia.
Persiste esa enfermedad que atraviesa los pulmones hasta robarte el aliento.
Por suerte aquel trovador alegra la ciudad con sus cánticos, y sus mejillas de lágrimas.

Prosiguió su marcha hasta la calle en la que una mujer aparece huyendo, preguntó pero era tal el sofoco que no articulo nada coherente, y sólo entonces la mirada de lo que parecía el marido, el rasgado del vestido, el morado de sus brazos y las cinco inmorales de su rostro destaparon el delito.
Aun recuerda la mirada de la víctima volviendo a casa con aquel error que hizo de ella su objeto más barato en una sociedad donde los objetos tienen dos cromosomas iguales.

Y sus pies lo transportaron más allá del llanto y la injusticia, más allá de la pobreza, allá donde impera la mentira, el poder y el error.

Sonaron las campanas y una procesión de creyentes ocuparon las calles, él recuerda cuanta ignorancia llenaba los bolsillos de aquel ministro de dios, de aquel banquero en cuya sucursal cuelga una cruz, de aquellas farsas que se separan cada día con el mismo cordel rojo. Y todos los ebrios envenenados con sangre y cuerpo creen abandonar las penas en el cepillo.

Diseminado ya el concierto se adentra en la calle hasta donde alcanza la justicia, ese viejo edificio donde la guardia se esconde, bastó la muerte de un juez, que por hacer mención de la justicia le robaron la vida entre las cejas.
La justicia se volvió ambigua cuando el hambre domina nuestras calles, allí vio a un niño, que Murillo se encargó de describir, comer las frutas que previamente ha robado.
Porque hoy no hace falta tanta norma y tanto brillo en las mesas para comer, porque los alimentos no mueren con etiquetas, ni crecen con químicos, y para muchos el edulcorante está en las manos callosas y llenas de hollíny polvo de síliceque hacen a su vez de cubertería.
Porque jamás hubo un lugar donde encontrarse la vida envuelta en un trozo de corcho sin aire, donde la sal hacía remplazo a vuestro frío, donde los hombres mueren en las aguas para conseguir tan costoso premio, porque al peso se sacrifica un hombre por cientos de pescados.

Y continuóandando, esta vez más allá, más allá de la pobreza, las lágrimas, la ingenuidad, la delincuencia, allí donde eso esta subvencionado, donde los jardines se compran, los saludos se cobran, y los objetos no tienen ni edad ni cromosomas.
Se adentró sin duda en la realeza, que a fan de llevar una corona gozan de la peor de las libertades, de pieles inocentes, de adornos de zafiro, de ventanas de un carbono escaso, de miradas asesinas indultadas por el oro.
Donde los sueldos se cobran en latigazos, cuyos empleados pierden su propiedad.
Allí donde dioses, reyes y altos cargos gozan del sacrificio de muertos y enfermos a los que están doblegando.

Y huyó de aquel ataque, paso tras paso, incluso pudo observar aquellos lugares donde se fuma opio, aquellos sótanos donde la justicia es dueña de los confidentes, donde la información es toda aquella sangre del suelo, donde la luz se niega a entrar ante tales hechos.

Huyó, tan lejos que se movieron las agujas del reloj, donde el noticiario hacia mención al progreso.

Un progreso en el que clérigos, políticos y reyes luchan por el poder más avaro.
Donde la ruinosa nombre dios al buen juicio, rey al trabajo y político al trabajador.
Es entonces cuando nacieron los 14 de abril, las banderas tricolor, la anarquía del mendigo, donde un pedazo de justicia asomaba por la puerta más pobre que yo.

Y en el camino de vuelta observó como aquella sucursal de dios perdió gran porcentajes de clientes, cuando no es único el dios que decide acomodarse.
La libertad ya no solo distingue sexos, también colores y culturas.

Es entonces cuando aquellos dos niños dejaron de comer para evitar complejos, para ensuciarse la mente de agravios vanos de mentes absurdas, se llevaban a la boca el humo de su cigarrillo, tan jóvenes y con tanto error en sus gargantas.
Mas adelante el cristal de una jeringuilla se le incrustó en los zapatos, alzó la mirada y con dolor contempló aquel joven tirado en el callejón, consumido por sustancias importadas, en su documento de identidad se podía identificar el polvo que yacía en sus fosas nasales, el vaso junto a él aun guardaba sus problemas en el fondo.
Es entonces cuando se dieron a conocer los callejones sin salida.
Aquellos en donde las personas se alejaban calada tras calada de la realidad.

Y tras andar entre tanto cambio pensaba en lo que habría sido de aquella mujer maltratada, lamentablemente eso cambio, esta vez era otra mujer quien huía del mismo hombre, aquel que seguía durmiendo y maltratando despuésde ver apagarse la mirada a su anterior víctima.
Esta vez el progreso y la justicia le permitieron ayudar a esa mujer, pero la justicia es tan lenta que aquel hombre insistía en llevársela, podría haberlo matado, pero entonces habría heredado tras la ley de Hammurabilos pecados de su culpable.

Ella tuvo que sufrir algo más de dolor, pero tras toda esa sangre, sus morados y sus lágrimas la dieron la libertad.

Y con un pie en casa vio a niños sonreír, jugando a un juego injusto en el que dicen que solo uno vale, cuando todos valemos solo con existir.
Aunque para este narradorese valor se vaya ganando o perdiendo con los actos.

No había cambiado mucho, una nueva crisis obligaba a abandonar los hogares, seguían quemando a quien creía en la magia, esta vez los ciegos eran todos aquellos que otorgaban confianza en las palabras de un político.

Aquel trovador murió de frío por no encontrar unos brazos que lo arropasen.
De los balcones dejaron de caer seres humanos, las drogas fueron tan baratas que pasaron a ser el recurso de los suicidas cobardes, haciendo con estas más daño y más sufrimiento a quienes tratan de ayudarles.

'Favorezco los suicidios, aborrezco las drogas'

Por suerte aquella enfermedad que a tantas vidas arrebató el aliento ha desaparecido dejando como problema el abuso, las ganas y la inmadurez de niños y jóvenes.

Y tan sólo entrar en un colegio para observar como niños toman al más débil como juguete, que las risas hacen del herido una infección sin tratamiento.
Al salir pudo ver a aquel hombre, oculto entre su sin vergüenza, llevarse de la mano a aquella inocente niña que más tarde llorará en un diván lo que la hizo ese enfermo.
Y al crecer puede observar a aquellos adolescentes que por tantas ganas pasean con el problema más bonito de la vida entre sus brazos.

Y apunto estaba de llegar a su hogarcuando una jovencita pasó a su lado, él sintió aquel perfume tan adentro, aquella mirada de inocencia se incrustó detrás de sus ojos, y el roce de sus cabellos en su cara lo condujo al delito.

Pero al menos comprobó que la justicia se volvió férrea, que la mujer tomó un papel igualitario en la sociedad, que las pruebas dejaron de perderse, y que los castigos que se imparten son aun más duros que los de aquellos sótanos, porque puede que los latigazos duelan hasta morir, pero vivir el resto de tu vida sin poder cerrar los ojos es un castigo para lo que nadie esta preparado. 
por Iván De La Torre. 

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