VI

El azul de la noche entra por mi ventana para rasgarme el alma.
Y el frío amanecer se retrasa, pues el alba.
Nunca supo honrar a quien más lo ama.
Con los ojos pesados, el sueño herido y la boca enyesada.
Espera el ocaso un hombre adicto a los sueños.
Pues él que el hambre esquiva,
Soñó que probaba tan intimo plato.
Que después de que su lengua fuera ácido.
No duda morir de insomnio.